¿No hay esperanza?

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Debo preguntarme si somos intrínsecamente ratas.

Es decir, que debo realmente preguntarme si los mexicanos somo instrínsecamente ratas.

No debería estar haciendo esto. No debería tener razones para perder la fe en un pueblo. Menos tratándose de mi pueblo.

Perdí mi celular el viernes. Esperé a que me fuera devolvido devuelto. En lugar de eso, hoy me entero que el ratero, que pudo haber marcado a cualquiera de mis números frecuentes o al numero de “casa” para decirme “tengo tu teléfono”, decidió hablar a España. ¡A España!

El domingo empecé a leer a Umberto Eco para encontrarme con asuntos de nacionalidad y guerra y cosos semejantes. Hablaba de lo simple que es no caer en el racismo con decir algunos para no andar generalizando con un todos. De como el aparente privilegio a gozar de paz, no es tal, sino una lucha constante que sólo es visible en contraste con la guerra, el conflicto y la lucha.

Tengo que resistirme a creer que no hay manera de que se quieran ver los mexicanos mas que como ratas oprtunistas donde el que no tranza no avanza, maldita sea. Pero no me queda de otra, me parece que mi (poca) honestidad y lo que pueda inculcar y extarer de mi familia no es mas que un redcuto en medio de un montón de conformismo que  no desea salir del madito hoyo de valores en que estamos metidos y de laue lejos de ser los dominadores que creemos somos víctimas. Metidos en un círculo vicioso sin ganadores.

Hoy no hay esperanza.

 

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