Rules of Engagement #1

Hay reglas para el vacío. Hay reglas, incluso, para el vacío.

El vacío no carece de espacio ni de dueño ni de uso ni de destino.

El espacio que entendemos vacío es, eso sí, una cesión de derechos consciente para que alguien más se apropie de lo mío (O una cesión de alguien más para que yo ocupe lo suyo, diría ya francamente rizando el rizo). No basta abandonar para que el abandono ocupe el espacio. Eso será, a lo sumo incertidumbre.

Las rejas y las vallas impiden el libre uso del espacio. La posesión pues, impide el vacío. Doble juego complejo en que la carencia de cosas no produce el vacio, ni la existencia de las cosas que ya ocupaban un espacio lo impiden. Permitir el vacío es, pues, permitir que cosas sucedan en donde antes no sucedían.

El vacío pertenece al otro. Y, el reconocimiento de otro es requisito para vaciar.

Las afecciones postmodernas de demasiados llenos que coinciden, chocan, requieren de esta avidez unipersonal que aqueja nuestros tiempos y nuestras almas. El mercado (o los mercaderes, o los mercadólogos, difícil saberlo) reniega fútilmente de los pocos vacíos que nos quedan entre la aceleración multitudinaria y la búsqueda perversa de la definición personal entre trendings y topics. Les llaman nichos.

Y creemos que deben ser llenados. Deben dejar de ser suyos, míos o vacíos, deben ser technicolor y tener dos logotipos y un “like”.

(Leer “La revolúción de la Esperanza” de Erich Fromm, oir “Trópico de Cáncer” de Café Tacvba)

 

(Esta desorganización de ideas aparece en el Número 6 de la Revista Cutter)

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