Edupunk (I)

Se supone que esta palabreja de reciente creación fue trendie en el 2008 junto con Fail, Hope y mas de esas. (Tengo, tengo que hablar de mi admiración de los gringos por su estudio cotidiano, constante y concienzudo de la cultura pop y de la falta que nos hace para salir del hoyo el entendernos en presente y no en pasado mentiroso o futuro difuso… O encontrar el borrador de donde empecé a hablar de eso)

Nunca me he llevado bien con lo académico, pero sí con el aprendizaje.

Mi primaria fue de lo más extraña, primero eran mis maestras monjas agustinas de claustro que apenas hacía unos años habían abadonado ese voto de enclaustramiento (¿tiene otro nombre?) para ponerse a dar clases. Había tres salones, uno para primero y segundo, otro para tercero y cuarto, otro para quinto y sexto. Luego las monjas dejaron dar clases a maestros laicos, pero con apertura tal que unos eran pandilleros y otra era una testigo de jehová apocalíptica. Luego le rentaron la esculea a unos esotéricos de La Gran Fraternidad Universal, que se encargaron de colocar un bonitio letrero en la dirección que decía “Favor de no Fumar, esta es una Istitución educativa”

Las susodichas monjas por no meterse en líos, por que no habían tomado cursos de pedagogía o por que eran unos genios aplicando las ideas de Rabidnath Tagore; no nos hacían exámenes parciales o mensuales o nada de nada. Dedicarse a aprender sin las presiones de calificaciones escritas con bicolor (siempre del lado rojo, extraño). Hacíamos, al final del año escolar, un exámen de muchas hojitas impresas en algo así como papel periódico y un dibujo de una casita con espacio para escribir el nombre, el grado y un númerito correspondiente a la escuela.

Adoraba mi escuela de 1o. a quinto de primaria. Tuve un sólo amigo, Agustín; y un solo abusador, Raúl, que me siguió fregando después de que lo descalabré contra una puerta (él y yo sabíamos que no era yo capaz de tanto, fue más bien un accidente), dejó de molestarme cuando fingí que sabía karate. Pasé mi mayor vergüenza cuando mi hermano fué y le dijo a Nayeli (99% seguro que se llamaba así) que ella me gustaba con su pelo lacio y negro hasta los hmbros y en lugar de agarrarme la mano y perdernos entre los columpios y dos sauces... salió corriéndo y llorando. No fue la útlima vez que me pasaría algo así, tampoco.

Siempre me gustó la parte de aprender y nunca aprendí tanto como con esa maestra viejita y que daba clases  y reglazos a la antigua, que nos enseñó a estudiar lecciones y a mecanizar las operaciones matemáticas con bonitas divisiones de 12 cifras entre una o con multiplicaciones de 6 por seis dígitos. Y es que estoy convencido que la primaria es para aprender a leer, escribir y aprender. O sea, no para aprender cosas, sino para aprender a aprender. Aprender que cosas sí le gustan a uno y cuales no.

La parte más rara es que cada que empezaba el año escolar, todos mis compañeros llegaban y hacían fila con su nueva maestra en su nuevo grado… Yo no sabía en donde formarme, veía una mancha de uniformes azul marino y mochilas y casi estoy seguro que hiperventiaba intentando hacer parecer que sabía lo que estaba haciendo luchando por recordar, saber  o averiguar donde me tocaba formarme. No sabía, ni siquiera, a que año había pasado.

Todo esto me vino a la mente cuando, hoy, me hicieron recordar lo inadaptado (marciano, dijo ella) que siempre me he sentido. Y lo rogulloso que siempre me he sentido de esa rareza. Ese sentimiento de “Quizá debería estar aquí pero, ¿ellos también?” ¿o soy yo el raro?

En la próxima entrega, más de mi edupunkez, y así hasta llegar al Taller-Universidad ideal.

 

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