Deudas públicas

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Hoy discutíamos en la mañana, hablando de las distinciones entre ruido y sonido, acerca de lo insoportable que resulta vivir entre humanos, por lo menos en la civilización, por lo menos en las ciudades.

Y es que a cada estímulo auditivo de los que grabé, la ciudad se halló convertida en víctima y verdugo de nuestras peores tragedias. Contrario a sonidos percibidos como naturales.

La deuda es, por tanto, con nosotros mismos y con nuestra manera de percibirnos civilizados, de hacer concordar las ideas de modernidad de civilización, de progreso con las ideas de placer, de vivencia, de naturalidad. No se trata de mudarnos al campo. No se trata de campiranizar el pueblo. Se trata de cuadrar, de hacer concordar, de hacer valer, de hallar la belleza o crear la belleza a partir de la calle, del movimiento del vehículo, de los diez mil zombies que parten a rumbos contrarios de la ciudad para cumplir con su sagrado deber cada mañana.

De humanizar la escala. De escalar a la humanidad, también. Hacer cada acto un acto de humanos, no de personas, es decir, de comunidades, no de individuos.

Leer, caminar, moverse, llegar, ver, vivir… ¿Podemos dejar de hacer flujos complejos? Como funciona y vive la ciudad que en lugar de pelearse con su entorno lo aprovecha para potenciarse.

Me imagino una calle de New York a la hora del lunch, me imagino una calle tomada a las cinco de la tarde por dos equipos (y la reta, faltaba más).

Lo repito, yo no viviría en el campo. Yo me nutro de la ciudad.

 

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