El chiste no normaliza.

Acabo de ver una entrevista aburridísima que le hicieron a Franco Escamilla en Francia. Y es que la entrevista se centraba mucho en la persona de Franco, en datos biográficos que aportaban poco al entendimiento del personaje de Franco Escamilla.

Pero, he aquí qué es lo que me interesó. En algún punto el periodista le preguntó a Franco sobre los límites del humorismo y la necesidad de la moderación y la censura (o autocensura)... Todo ello enmarcado en el caso de Charlie Hebdo y los ataques que les propinaron de parte de ISIS (si la narrativa oficial es correcta). Franco —nomás por no dejarlos con la duda, que no es que piense utilizar su respuesta tibia como referencia de nada—, respondió algo acerca de pensar el las consecuencias de lo que uno anda por ahí diciendo y procurar no joder a la gente. O algo así.

En los últimos días el humor parece provocar reacciones muy fuertes. Cualquier opinión contraria a la propia, parece provocar unas ganas desenfrenadas de arreglarle la plana al mundo... A grito pelado y con epítetos encabronecidos®, además. Que más que aportar al debate parecen llevar la intención de reducir al (auto-ifringido) oponente a su mínima expresión. Parece que los encuentros disonantes nos molestan tanto que deseáramos, mejor, encontrarnos con asentidores automáticos de nuestros bellos, inmaculados e infalibles pensamientos reflejados caleidoscópicamente ad nauseam

En eso, esto y aquello pensaba cuando llegué a la conclusión de que el humor está perdiendo su capacidad de ser un comunicante de una reflexión sobre la otredad (y la unedad, para el caso). El chiste es una cápsula de análisis sobre nuestra forma más esencial de ver al otro (extranjero, borracho o joto, por citar algunas tipologías de chiste de lo más básico) que cuestiona, al buscar la risa cómplice, la lejanía del otro. Y cuando es un chiste acerca de uno mismo (o de su propia cultura, como en chistes de mexicanos, claro) hallar en los defectos (-illos, -otes) parte de lo que nos forma, parte de lo que nos limita y parte de lo que sobra.

El chiste no busca joder. No lleva nombre y apellido (salvo los genéricos Venancios, Pepitos, Godinez...) por que no lleva destinatario en la persona sino en la actitud. Un buen chiste siempre deja una enseñanza ya sea por ejemplo que por contra ejemplo. "No soy totalmente inutil, por lo menos sirvo de mal ejemplo", dice el chiste.

Tomarse el tiempo de reír y reflexionar, de dejar que se diluya la profundidad entre la risa, aunque sea inadecuada (especialmente si es inadecuada) para permitir mostrar que ya antes se ha pensado sobre el tema para dejar un espacio que nunca, o casi nunca, será dialogado. Que sería el equivalente a "explicar el chiste" pero entre los dos o tres presentes, con los mismos nefastos resultados. La reflexión de un chiste viene en privado. El hallar las implicaciones de las idioteces dignas de un supuesto Venancio en nuestro actuar diario. El hallar reflejada nuestra ansia de un atajo que no deje cicatriz, en esos que le salen tan naturales a Pepito. Aunque no se valga. Porque no se vale.

Decía Joaquín Antonio Peñalosa (que ya se que no les suena de nada, porque es una celebridad local de San Luis Potosí), que el chiste es tal sólo porque se aleja de la normalidad, de la realidad. Y es desde ese ángulo, así sea solamente narrativo, que rompe la regularidad, realidad y normalidad, que podemos sentarnos un rato a analizar lo enfermo, caótico y vulnerable de nuestra amada e intocable realidad.

Entre más se nos acerca el chiste mayor es la oportunidad de analizarnos en lo personal. Entre más asquerosamente incorrecto se nos aleja, nos permite analizar la otredad del otro hasta entender que en alguna realidad eso es normal de vivir o de pensar. Y actuar en consecuencia.

El chiste no normaliza. Au contraire. 
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